La economía argentina muestra un impulso exportador sostenido, aunque ese dinamismo todavía no se traduce en una recuperación generalizada. Las cantidades exportadas avanzan a un ritmo anual del 14%, con aportes del agro, la energía y la minería, pero el consumo permanece estancado y la inversión continúa debilitada.
El circuito financiero también presenta una interrupción. Desde comienzos de año, el Banco Central compró cerca de US$12.700 millones y mejoró sus reservas netas. Esas operaciones implicaron una emisión aproximada de $18 billones, pero el incremento de los depósitos bancarios no se convirtió en una expansión equivalente del crédito.
La coordinación entre el Tesoro y la autoridad monetaria permitió canalizar parte de esos pesos hacia títulos públicos y mantener la tasa interbancaria alrededor del 20%. Sin embargo, las tasas que enfrentan consumidores y empresas bajan con mayor lentitud, especialmente en los préstamos destinados al consumo y a la inversión.
En el sector empresario, la apertura importadora, el valor del dólar, la presión tributaria, la baja demanda interna y la capacidad ociosa reducen los márgenes. Las compañías más grandes o vinculadas a sectores beneficiados por el RIGI pueden acceder a financiamiento en dólares, mientras que las firmas que buscan crédito en pesos suelen exhibir una situación financiera más frágil y un mayor riesgo de incumplimiento.
Los hogares enfrentan una restricción adicional por el aumento de las tasas, el menor plazo de los préstamos y la pérdida de ingresos reales y empleo formal. La carga financiera subió hasta representar el 30% de la masa salarial formal y el 18% de los ingresos totales, según las estimaciones mencionadas en el análisis. Aunque comenzó a aliviarse parcialmente desde marzo, la morosidad continuó en ascenso hasta mayo.
El resultado es una economía con un motor externo activo, pero sin una transmisión suficiente hacia el consumo, el capital de trabajo y la inversión. La recuperación depende, en buena medida, de que el sistema financiero vuelva a conectar el crecimiento de los depósitos con una demanda de crédito que sea viable para bancos, empresas y familias.
Con información de La Nación — Economía.


