El telescopio Nancy Grace Roman de la NASA, ya en ruta hacia su destino a 1,6 millones de kilómetros, ejemplifica cómo minerales y tecnología convergen en la exploración espacial: su espejo utiliza plata de alta pureza y sus paneles solares generan la energía necesaria para operar durante años sin mantenimiento.

El telescopio espacial Nancy Grace Roman de la NASA viaja hacia el punto de Lagrange L2, a unos 1,6 millones de kilómetros de la Tierra. Fue lanzado el 30 de agosto desde el Centro Espacial Kennedy a bordo de un Falcon Heavy. La misión requiere un espejo de 2,4 m con recubrimiento de plata de menos de 400 nanómetros, paneles solares de 3.902 celdas con ~4.100 watts y una cámara de ~300 megapíxeles con 18 detectores. La NASA prevé 1,4 TB diarios de datos sin procesar.
La nota vincula la misión espacial con eslabones tecnológicos y materiales de base: metales, energía solar, electrónica y el manejo de grandes volúmenes de datos. Esto permite entender qué capacidades industriales y de ingeniería sostienen observatorios de alta complejidad.
Resumen generado con asistencia de inteligencia artificial y revisado por el equipo editorial.
El observatorio espacial más reciente de la agencia estadounidense ya viaja hacia su destino a unos 1,6 millones de kilómetros de la Tierra. Energía solar, plata de alta pureza, electrónica, sensores y procesamiento masivo de datos forman parte de una misión que muestra hasta dónde pueden llegar los materiales y la tecnología. Entre sus responsables ejecutivos está el mendocino Lucas Paganini, ingeniero formado en la Universidad de Mendoza.
La exploración espacial suele asociarse con cohetes, planetas y grandes descubrimientos científicos. Pero antes de llegar al espacio existe otra historia: la de los materiales, la energía y la ingeniería necesarios para construir máquinas capaces de operar durante años a millones de kilómetros de cualquier taller o equipo de mantenimiento.
El nuevo telescopio espacial Nancy Grace Roman, de la NASA, es una muestra concreta de esa relación.
Roman fue lanzado el domingo 30 de agosto desde el Centro Espacial Kennedy, en Florida, a bordo de un Falcon Heavy de SpaceX. Ahora inició su viaje hacia una órbita alrededor del punto de Lagrange L2 del sistema Sol-Tierra, situado a cerca de 1,6 millones de kilómetros de nuestro planeta.
Allí tendrá como misión investigar algunos de los mayores enigmas de la física y la astronomía, entre ellos la materia oscura, la energía oscura y la formación de sistemas planetarios.
Pero visto desde una publicación especializada en minería y energía, Roman también permite observar otra cuestión: qué recursos, materiales y tecnologías necesita la innovación de frontera para existir.
Uno de los elementos que mejor permite explicar esa relación está en el corazón mismo del telescopio.
Roman posee un espejo principal de 2,4 metros de diámetro, prácticamente del mismo tamaño que el del Hubble. Su superficie está recubierta con una capa de plata de menos de 400 nanómetros de espesor, elegida por su capacidad para reflejar eficientemente la luz infrarroja cercana que estudiará el observatorio.
Se trata de una cantidad mínima de material aplicada con una precisión extraordinaria, pero determinante para el funcionamiento de uno de los instrumentos científicos más sofisticados desarrollados hasta ahora.
La superficie del espejo, además, fue pulida hasta alcanzar irregularidades promedio de apenas 1,2 nanómetros.
El ejemplo muestra una de las características centrales de la minería moderna: el valor de un mineral no termina en su extracción. A partir de allí comienza una extensa cadena de refinación, procesamiento, ciencia de materiales y manufactura capaz de transformar una materia prima en componentes de altísima tecnología.
La plata utilizada por Roman constituye así un caso concreto de cómo un recurso proveniente de la minería puede terminar formando parte de una misión destinada a estudiar el universo.
El otro gran vínculo es energético.
Una vez desplegado en el espacio, Roman dependerá del Sol para alimentar sus instrumentos, computadoras, sistemas de comunicaciones y mecanismos de control.
El telescopio cuenta con un sistema de paneles solares integrado al denominado Solar Array Sun Shield. En total dispone de 3.902 celdas solares, preparadas para suministrar aproximadamente 4.100 watts de potencia al observatorio.
Los paneles cumplen, además, una segunda función fundamental: proteger térmicamente al telescopio.
Roman necesita mantener sus instrumentos en condiciones estables y relativamente frías para poder detectar la tenue radiación infrarroja proveniente de objetos situados a enormes distancias.
De este modo, generación eléctrica, gestión energética y control térmico pasan a formar parte de un mismo sistema.
La comparación con las industrias minera y energética surge de manera natural. Producir energía es sólo una parte del desafío. También es necesario administrarla, controlar sistemas críticos, monitorear su funcionamiento y garantizar continuidad operacional en ambientes extremos.
En Roman, una falla no puede resolverse enviando una cuadrilla de mantenimiento.
Existe un tercer puente con la minería moderna: los datos.
El principal instrumento científico del telescopio es su Wide Field Instrument, una cámara cercana a los 300 megapíxeles formada por 18 detectores.

El espejo principal de Roman mide 2,4 metros y posee un recubrimiento de plata de menos de 400 nanómetros para optimizar la observación infrarroja. Crédito: NASA/Chris Gunn.
Con una resolución comparable a la del Hubble en el infrarrojo, Roman podrá observar en una sola exposición un área del cielo aproximadamente 100 veces mayor.
Eso producirá una cantidad extraordinaria de información.
La NASA estima que Roman enviará alrededor de 1,4 terabytes de datos científicos sin procesar por día y que, durante sus cinco años de misión principal, el volumen de información procesada podrá alcanzar aproximadamente 20 petabytes.
Sensores de precisión, monitoreo remoto, automatización, telecomunicaciones, almacenamiento y procesamiento de grandes volúmenes de información son también conceptos que ya forman parte de la transformación tecnológica de la minería y la energía.
La escala y los objetivos son distintos, pero existe una lógica común: medir mejor para tomar mejores decisiones y lograr que sistemas complejos funcionen con niveles cada vez mayores de autonomía.
A esa historia tecnológica se suma una conexión directa con Mendoza.
Lucas Paganini, nacido en Maipú y formado inicialmente como ingeniero en la Universidad de Mendoza, ocupa actualmente el cargo de Lead Program Executive del Nancy Grace Roman Space Telescope en la División de Astrofísica de la NASA.

El mendocino Lucas Paganini es Lead Program Executive del telescopio espacial Roman dentro de la División de Astrofísica de la NASA. Crédito: NASA.
Desde esa posición participa del liderazgo ejecutivo de una de las principales misiones astrofísicas de la agencia espacial estadounidense.
Paganini estudió Ingeniería Electrónica y Telecomunicaciones en la Universidad de Mendoza y posteriormente continuó su formación en Alemania, donde obtuvo un doctorado en Ciencias Naturales en la Universidad de Freiburg.
Su carrera científica estuvo vinculada al estudio de cometas, cuerpos helados del Sistema Solar y las lunas de Júpiter, entre otros campos, antes de asumir responsabilidades de gestión dentro de la NASA.
Su trayectoria adquiere un significado particular para Mendoza.
Mientras la provincia avanza en discusiones y proyectos relacionados con minería, energías renovables, infraestructura y formación de profesionales para industrias tecnológicas, un ingeniero formado localmente participa del liderazgo de una de las misiones científicas más relevantes de esta generación.
Roman no es, naturalmente, una misión minera.
Pero su existencia permite observar algo que muchas veces queda oculto cuando se habla de innovación: no hay revolución tecnológica sin materiales.
La transición energética, la digitalización, los centros de datos, los vehículos eléctricos, los satélites y la exploración espacial dependen de cadenas industriales que comienzan con recursos minerales y continúan con etapas cada vez más sofisticadas de procesamiento, refinación y manufactura.
Roman lleva esa lógica hasta uno de sus extremos.
Utiliza metales transformados con precisión nanométrica, energía fotovoltaica, electrónica avanzada, sensores de alta sensibilidad y sistemas de procesamiento capaces de manejar enormes cantidades de información.
Todo para intentar responder algunas de las preguntas más antiguas de la humanidad.
El telescopio viajará al espacio profundo para investigar, entre otras cosas, la misteriosa energía oscura que parece acelerar la expansión del universo.
Pero para poder hacerlo dependerá de otra energía mucho más conocida en la Tierra: la del Sol.
Y también de materiales que, antes de convertirse en instrumentos de exploración espacial, tienen su origen mucho más cerca de casa: en los recursos que proporciona nuestro propio planeta.