El Gobierno nacional confirmó esta semana la construcción de un reactor nuclear modular pequeño en el complejo de Atucha, financiado con una inversión privada de 1.200 millones de dólares. El proyecto, presentado por la empresa Meitner Energy —vinculada al Ansari Group, con Invap como socio local—, contempla un ACR-300 de Generación III+, con una potencia aproximada de 300 megavatios. Sería, según el propio Gobierno, el primer reactor comercial de este diseño en el mundo.
La construcción del reactor demandará la 2.000 puestos de trabajo para un proyecto con una duración de 5 años.
Detrás del entusiasmo oficial por el nuevo reactor hay una pregunta que rara vez se hace en voz alta: ¿con qué uranio se lo va a alimentar? Argentina no produce el mineral desde 1997. Cada gramo de combustible que hoy mueve Atucha I, Atucha II y Embalse llega importado. Y ese dato conecta, de manera directa, el anuncio de esta semana con otra novedad, tal como lo dio a conocer Comunicaciones Mineras: la confirmación de las actividades de remediación ambiental en Sierra Pintada, la mayor reserva de uranio del país, ubicada en San Rafael, Mendoza.

Sierra Pintada, el yacimiento que espera desde 1997
El Complejo Minero Fabril Sierra Pintada operó entre 1975 y 1997, cuando la caída de los precios internacionales del uranio hizo que la producción local dejara de ser rentable frente a la importación. En esas dos décadas se extrajeron unas 1.600 toneladas de mineral, apenas una quinta parte del recurso que se estima disponible en el yacimiento, hoy calculado en más de 6.000 toneladas.
Desde entonces, el predio quedó como un pasivo ambiental sin resolver: cerca de un millón de metros cúbicos de agua de cantera con concentraciones de uranio, radio y arsénico, además de residuos sólidos de la actividad minera. La Declaración de Impacto Ambiental para su saneamiento recién se aprobó en 2019, y desde entonces la Comisión Nacional de Energía Atómica ejecuta obras de manera ininterrumpida, según lo sostuvieron los funcionarios nacionales y locales que ofrecieron una recorrida por las instalaciones: diques de disposición final con doble membrana, más de dos kilómetros de cañerías, el reacondicionamiento de la planta de tratamiento de uranio y la construcción de una nueva planta de radio y arsénico.

En las últimas semanas esa tarea tomó otro ritmo. Autoridades nacionales y provinciales —entre ellas el secretario de Asuntos Nucleares, Federico Ramos Nápoli, y la ministra de Energía y Ambiente de Mendoza, Jimena Latorre— recorrieron el complejo y confirmaron el objetivo de comenzar a tratar el agua de las cuatro canteras hacia fines de 2027.
Lo que hoy cuesta no producir uranio propio
Mientras Sierra Pintada permanece en remediación, las tres centrales nucleares argentinas consumen entre 210 y 220 toneladas de uranio por año, la totalidad importada. El proveedor principal es la empresa kazaja Kazatomprom, con la que la estatal Dioxitek mantiene un contrato trienal de compra a precio spot: cada embarque ronda las 170 toneladas y el más reciente se pagó por unos 34,5 millones de dólares. Distintas estimaciones sectoriales ubican el costo total de abastecimiento anual entre 150 y 160 millones de dólares, aunque la cifra final depende de la cotización internacional del mineral, que viene en alza sostenida desde 2021. A Kazajistán, que concentra cerca del 40% de la producción mundial, se suman como orígenes de abastecimiento Canadá y República Checa.
Una ecuación económica para evaluar
La dependencia y el gasto millonario en importación de uranio ayuda a dimensionar la decisión pendiente: mientras la Secretaría de Asuntos Nucleares confirmó que la inversión prevista para este año en la remediación de Sierra Pintada supera los 1.300 millones de pesos —unos 920.000 dólares al tipo de cambio oficial—, Argentina destina entre 150 y 160 millones de dólares anuales a importar el uranio que hoy alimenta sus tres centrales nucleares. Solo un embarque del contrato trienal con la kazaja Kazatomprom, de unas 175 toneladas, costó 34,5 millones de dólares. Terminar de sanear el yacimiento que concentra la mayor reserva de uranio del país insume, este año, apenas una fracción de lo que cuesta seguir comprándolo afuera.
El argumento que empieza a cerrar el círculo
Argentina cuenta con reservas identificadas de entre 34.000 y 40.000 toneladas de uranio a costos de extracción competitivos, un volumen que alcanzaría, en teoría, para cubrir más de un siglo de consumo al ritmo actual. Ese es, precisamente, el argumento que empieza a unir los dos anuncios: por un lado, un país que se dispone a construir su primer reactor comercial de diseño propio y a sumar nuevas centrales en el mediano plazo; por otro, un yacimiento —Sierra Pintada— que concentra buena parte de esas reservas y que, tras casi tres décadas de parálisis, recién ahora avanza hacia condiciones que permitirían pensar en una reapertura.
La lectura oficial es clara: cada nuevo reactor que se sume a la matriz —el ACR-300 de Atucha, y eventualmente otros bajo el Plan Nuclear Argentino— aumenta la demanda interna de uranio y, con ella, la necesidad de acelerar las tareas de saneamiento, como los pliegos para volver a poner en marcha a Sierra Pintada.


