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La edad de oro o la edad del riesgo

En este artículo se analiza la aceleración inédita del cambio tecnológico en los últimos 25 años, el contraste entre el Internet de comienzos de siglo y el actual, y el rol estratégico de la minería

En este artículo se analiza la aceleración inédita del cambio tecnológico en los últimos 25 años, el contraste entre el Internet de comienzos de siglo y el actual, y el rol estratégico de la minería

En 2002, conectarse a Internet era una acción puntual. Se hacía desde una computadora de escritorio, con conexiones lentas, muchas veces telefónicas, que ocupaban la línea y obligaban a elegir cuándo y para qué conectarse. El acceso era caro, limitado y discontinuo. Internet era un lugar al que se entraba. Hoy es un entorno permanente. Está en el bolsillo, en la nube, en los sistemas productivos, en la logística, en la salud, en la educación y en la política. Ese contraste simple alcanza para dimensionar la magnitud del cambio tecnológico que atravesamos.

En apenas 25 años pasamos del correo electrónico y los foros a la inteligencia artificial, la automatización, los robots, los algoritmos que toman decisiones en tiempo real y los sistemas que aprenden de manera continua. La distancia entre un módem ruidoso y un centro de datos que procesa millones de operaciones por segundo no es solo tecnológica. Es histórica. Ni siquiera la Revolución Industrial produjo transformaciones tan profundas en un período tan corto.

El cobre es uno de los minerales estratégicos para responder a la demanda de más energía para la IA.

Ese salto explica por qué hoy convivimos con una edad de oro tecnológica y, al mismo tiempo, con una edad de riesgo. La edad de oro es evidente. Nunca antes una persona común tuvo acceso a tanto conocimiento, tantas herramientas y tanta capacidad de producir valor. Pero el riesgo aparece cuando esa transformación se analiza de manera incompleta o ingenua.

Durante años se instaló la idea de que el mundo digital es liviano, casi inmaterial. Que la tecnología avanza desligada de la realidad productiva. La experiencia histórica demuestra exactamente lo contrario. Cuanto más sofisticada es la tecnología, más exigente es su base física. Aquella Internet lenta de comienzos de siglo demandaba infraestructura básica. La actual, basada en inteligencia artificial, automatización y electrificación, demanda energía, redes, almacenamiento y materiales críticos.

La era de la información avanza gracias a la minería

Nada de eso existe sin minería. No hay centros de datos sin cobre. No hay baterías sin litio. No hay robótica, sensores ni automatización avanzada sin minerales críticos. La revolución tecnológica no reduce la necesidad de recursos naturales. La multiplica. La diferencia con otras épocas no está en la extracción, sino en cómo se extrae, con qué estándares y con qué visión de desarrollo.

El Vaticano propició un diálogo abierto con los líderes energéticos para una transición ambiental justa.

Por eso la minería ocupa hoy un rol central en el futuro tecnológico global. No como una actividad del pasado, sino como uno de los pilares del siglo XXI. La minería moderna es más tecnológica, más precisa, más regulada y más integrada a estándares ambientales, sociales y productivos cada vez más altos. No es una concesión discursiva. Es una condición necesaria para sostener proyectos complejos y de largo plazo.

El verdadero riesgo aparece cuando este contexto histórico se niega o se distorsiona. En países como Argentina persisten sectores que, bajo consignas de falso ambientalismo, se han convertido en opositores sistemáticos a toda forma de desarrollo minero. No se trata de discutir cómo mejorar la actividad, cómo controlar más o cómo producir mejor. Se trata de bloquearla directamente. Esa postura no protege el ambiente. Paraliza el desarrollo y desconoce la realidad del mundo actual.

Hace 25 años, cuando Internet era lento y el mundo avanzaba a otro ritmo, Argentina dejó pasar oportunidades. Hoy el escenario es distinto. La demanda global de minerales críticos es estructural. La transición energética y la revolución digital no se detienen. Volver a frenar la minería en este contexto sería repetir errores del pasado, con consecuencias aún más graves, porque el mundo ya no espera.

La edad de riesgo no está en la minería ni en la tecnología, está en la incapacidad de leer el momento histórico. En oponerse a todo y terminar, una vez más, estancados mientras otros países avanzan. La edad de oro tecnológica no se sostiene en discursos. Se sostiene en decisiones, en recursos y en una base material sólida.

La minería, bien gestionada y con reglas claras, no es el problema. Es una parte esencial de la solución. Negarlo no es una postura ambiental sino una renuncia al futuro.